Mi Wendy se extravió en el país de Nunca Jamás,
en la espesa tiniebla del olvido,
y ya no sabe jugar a las mamás,
convirtiéndose en otra niña perdida,
dejándome huérfana de cuentos,
sin nadie que me arrope en la cama,
ahora que la sombra de Garfio
parece haber vencido a Peter Pan
y el tictac del reloj suena insistente.
¿A quién acudiré ahora
que tus recuerdos se esconden sigilosos,
junto con mis certezas,
detrás de una cordura evanescente?
Mi Maga de Oz se ha ido
y con ella el oráculo de todas las respuestas,
y el silencio araña mis oídos.
Se desmoronan bajo mis pies
las baldosas amarillas del sendero.
Me he convertido en un espantapájaros
de hojalata que finge ser león,
pero no siento mi corazón, ni mi valentía,
ni mi cerebro, y mis zapatos rojos
se han teñido de gris y se pegan al suelo.
¿Cómo regresaré a casa sin ti?
Solo me queda actuar como Alicia
y tragarme la amarga galleta
que me haga crecer,
aunque su sabor y aroma me repugnen.
Y que tú tomes la poción reductora
que te permita caber entre mis manos,
donde te pueda llevar allá donde yo esté,
con cuidado de no dejarte caer
y que te rompas en mil cristales afilados
que me rasguen la piel del corazón.
Buscaré a Campanilla en mis entrañas,
allá donde el temor la tiene secuestrada,
para que nos provea de polvo de hadas
y recuerdos felices, que nos permitan a ambas
sobrevolar nubes oscuras de dolor y de miedo,
hasta sentir el calor del sol entre las alas
y llegar al Hogar primero y último
donde van a parar los momentos pasados,
las ilusiones y esperanzas vanas,
y solo existe la felicidad del eterno presente.
Ana Cristina López Viñuela
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