El Santo Job es un personaje
bíblico archiconocido por su enorme paciencia. Es considerado uno
de los patriarcas de Israel en los tiempos anteriores a Jesucristo. Nació en la
región de Hus, al sudeste de Palestina. Era un hombre pudiente y muy
respetado por sus vecinos. En su haber contaba con una cantidad
inmensa de piezas de ganado. Además, Dios le había bendecido con diez
hijos, siete varones y tres mujeres.
En una ocasión, Dios celebró
frente a sus ángeles la bondad y la fe de Job, quien a menudo hacía
sacrificios para pedir perdón por los probables pecados de sus muchos hijos:
“¡Quien sabe si alguno de mis hijos haya disgustado al Señor con algún
pecado!”. Al oír esto, Satanás (o algún mal pensado) trató de
desmerecer la fe de Job y la achacó a la vida próspera que
Dios le había proporcionado. Por eso, Satanás le propuso a Dios que pusiera a
prueba la fe de Job quitándole todo lo que tenía. Dios accedió. Bueno, seguro
que Dios no accedió a nada, sino que este señor mal pensado, quizás por
envidia, quiso quitar todo a Job y fastidiarle.
Días después, un mensajero llegó
a Job para decirle que unos ladrones habían matado a sus trabajadores y robado
sus bueyes. Luego llegó otro para informarle de que un rayo había
matado a todas sus ovejas y a varios pastores. Un tercer
mensajero le dijo que los enemigos del país vecino habían matado a los arrieros
y que habían robado los camellos. Y finalmente, un cuarto mensajero
le dijo que sus siete hijos y sus tres hijas también habían
muerto cuando el techo de la casa donde estaban almorzando se
derrumbó.
Sin embargo, y a pesar de todas
estas desgracias, Job no culpó a Dios en ningún momento. En
lugar de eso, se rapó la cabeza en señal de duelo y dijo: "Desnudo salí
del vientre de mi madre. Sin nada volveré al sepulcro. Dios me lo dio, Dios me
lo quitó. Bendito sea Dios". Dios valoró el buen talante de Job, y
cuando volvió a reunirse con sus ángeles en el cielo, les dijo: “¿Os habéis
en mi amigo Job? No hay ninguno tan santo como él en la Tierra".
No obstante, Satanás (bueno,
el mal pensado) seguía sin estar impresionado. De hecho, volvió a
achacar la fe de Job a sus privilegios. Concretamente, a su buena salud. Así
que desafió a Dios y este aceptó (Dios no acepta maltratar a nadie, el mal
pensado sí). Poco tiempo después, Job desarrolló una terrible
enfermedad cutánea. Pero Job no culpó a Dios: “Si aceptamos de Dios
los bienes, ¿por qué no vamos a aceptar los males que Él permita que nos
sucedan?”.
Al saber de sus horribles
infortunios, tres amigos viajaron para encontrarse con Job. Y
estando ya con él, formularon diferentes teorías que podrían explicar por qué
se habían acumulado de golpe tantas desgracias en la vida del paciente Job. La
conclusión final y en la que los tres amigos estuvieron de acuerdo es que probablemente
había sido muy pecador… y que por eso Dios le estaba castigando (Dios no castiga
a nadie, pero puestos a elucubrar…).
Job negó aquella explicación.
Había hecho todo lo posible por complacer a Dios y por comportarse con
rectitud durante toda su vida. Sin embargo, en un momento de
emoción, Job llegó a cuestionar a Dios, diciéndole que él no
merecía un sufrimiento tan grande. En ese momento Dios interviene y le
contesta “¿Quién es este que se atreve a discutirme?”. (Dios
permite que discutamos con él, nos ha dado libre albedrío para ello).
Job se da cuenta de su error y
retira sus palabras diciendo: “Señor: me he puesto a hablar lo que no debía
decir. Retracto mis palabras. Me arrepiento de lo que he dicho
al protestar. Te pido perdón humildemente, mi Señor”. Aceptó sus disculpas
y después se dirigió a sus tres amigos, a quienes les dijo: “Ofrézcanme un
sacrificio para pedirme perdón por lo que dijeron contra mi amigo Job. Y
por las oraciones de él, yo los perdono”. (Dios perdona siempre y no
necesita sacrificios para dar lo mejor a Su Hijo).
Después de aquel episodio, Dios
bendijo de nuevo a Job, concediéndole el doble de ganado y el doble de
riquezas, devolviéndole su salud y curándole de su enfermedad. (Seguro que el
santo Job era un hombre resiliente y perseverante y no se le ponía nada por
medio). Además, le concedió una larga vida (llegó a vivir 140 años), teniendo
la oportunidad de volver a construir una nueva familia con una nueva esposa y
con otros muchos hijos y nietos. Según narra la Biblia, el Santo Job murió
feliz en la senectud, satisfecho con la vida que había llevado.
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