miércoles, 23 de octubre de 2019

COMO LA VIDA MISMA: LA TIRANÍA DEL LIKE



Parece cosa reciente, que tiene que ver las redes sociales e internet, pero la tiranía del like (o del me gusta, que es lo mismo pero en español) es inherente al ser humano, pues tiene que ver con la búsqueda de aprobación y el deseo de integrarse en el grupo.

Cuando uno vigila constantemente su Facebook, su Twitter o su Instagram para ver cuántos “me gusta” ha recibido o, peor aún, condiciona su vida a lo que quiere mostrar a la gente, o decide qué piensa, qué escribe o qué hace en función de la aceptación que va a alcanzar, pierde por completo su naturalidad y condiciona su personalidad propia.

Es sospechoso cómo nos animan todo el rato a describir nuestro “estado”, a subir fotos, a manifestarnos en contra o a favor de algo, o a facilitar nuestros datos personales para que “nos los protejan” (¿?). No os engañéis con respecto a la motivación: no es porque vuestros followers o “seguidores” tengan una necesidad loca de enterarse de cómo os sentís en cada momento del día o de la noche, ni que al mundo entero le interese cada cosa que se os ocurra hacer o decir. Son las empresas y los centros de poder quienes quieren saber todo sobre nosotros para espiar nuestra intimidad, controlarnos y manipularnos.

A veces, incluso, el deseo de transmitir que uno es una persona de éxito nos lleva a fingir en las redes una situación o un estado de ánimo ideales, que no son los nuestros. Pero esa apariencia de felicidad hace que todo el mundo acabe creyendo que su vida es peor que la de los demás, lo cual no sólo es falso, sino que fomenta la envidia, el descontento y la frustración, y nos separa de los que supuestamente son nuestros “amigos”.

He estado en asambleas donde se aplaudía calurosamente una propuesta y, a los pocos minutos y con el mismo entusiasmo, la contraria. Parece contradictorio, pero no lo es, pues cada individuo se convertía en “gente” y reaccionaba como un conjunto compacto, anulando su capacidad de discernimiento y su criterio personal. Existen técnicas perfectamente descritas para la manipulación de masas y por algo se llama mass media o “medios de comunicación de masas” al cine, la radio, la prensa, la televisión, internet… porque no tratan tanto de informar objetivamente o ayudar a formar una opinión a cada persona individual, como de dirigir el pensamiento colectivo y adormecer la capacidad de discurrir por uno mismo.

Una manera de silenciar al “disidente” es rechazar con violencia o desprecio a todo aquel que no acepte ciegamente lo que se quiere imponer a la mayoría o no encaje en el molde preestablecido. Existen palabras talismán como “libertad” o “progreso”, que hay que apropiarse a toda costa, porque quien disienta tendrá entonces que ser “fascista” o “retrógrado” por definición. Haced la prueba y analizad cualquier discurso político: comprobaréis que no se discute sobre las diferentes formas de afrontar un problema, sino que se trata de imprimir sobre la opción propia el sello de lo “progresista” y de descalificar las opiniones contrarias sin intentar siquiera comprender qué las motiva. Se barajan con demasiada frecuencia conceptos irracionales, acusaciones no demostradas o directamente insultos, como “casta corrupta”, “nazis” o “chusma”, que no van dirigidos a la cabeza, sino a las tripas del que los escucha, fomentando el odio y la desconfianza hacia los que son diferentes, pero no necesariamente enemigos.

Dejemos de vivir nuestra existencia de cara a la galería para buscar la autenticidad que se encuentra en el contacto físico o visual directo, en la conversación abierta, en la búsqueda honesta de la verdad y en el encuentro sincero con las personas, sin prejuicios, reservas mentales, ni ideas preconcebidas, aunque esa actitud no nos haga “populares”.

Ana Cristina López Viñuela

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