martes, 26 de marzo de 2019

COMO LA VIDA MISMA: LA CONTRADICCIÓN HUMANA


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A lo largo de mi vida he observado que los seres humanos somos profundamente contradictorios y muchas veces parecemos estar buscando precisamente aquello que tratamos de evitar. Por poner un ejemplo muy ordinario, acorde con el dicho “no hay escrupuloso que no sea asqueroso”, llevo años preguntándome cómo alguien tan higiénico que no se permite sentarse en la taza de un baño público limpio, ni siquiera tocar la tapa para levantarla, deja luego el servicio todo salpicado para el siguiente, o para luego… Pero este no es más que uno de tantos misterios de la naturaleza humana, que ni Iker Jiménez se atrevería a intentar desentrañar.

Por ejemplo, he conocido personas que echan mucho de menos a un ser querido, pero que en lugar de mostrarse contentas y agradecidas cuando lo tienen a su lado, están enfurruñadas porque no han ido a verlas antes, llenándole de reproches, ¡como si el hacerle sentir culpable e incómodo fuera un aliciente para volver pronto!

Cuando uno está dolido con alguien y este le pregunta qué le pasa, ¿será más productivo manifestar lo que le molesta y dar a la otra persona la oportunidad de explicarse y pedir disculpas, o apretar los labios y decir con retintín: “Nada. Tú sabrás”, poniendo al otro en el brete de adivinar lo que le sucede y repararlo? Y esperaremos que venga corriendo detrás de nosotros hasta que nos dignemos a contentarnos… ¿Y si no lo hace?

También he visto casos de personas que desean tanto integrarse y que se les tenga en cuenta dentro de un grupo de amigos o familiares, que se ofenden muchísimo por minucias y hacen que los demás tengan que andar con cuidado con lo que se dice o hace, como pisando huevos, para que no crean que se les deja de lado. ¿No es razonable que se cansen de verse obligados a pensar continuamente cómo evitar que fulanito se moleste o cómo hacer para que les perdone supuestos agravios? Así que con cada pique aumentan las probabilidades de que se cuente cada vez menos con ellos y se acaben quedando más solos que la una.

Asimismo, parece contraproducente que quien se queja de estar agobiado porque tiene que hacerlo todo en un hogar o una oficina, sea el mismo que no valora los esfuerzos de los demás y que muestra de continuo que sólo él sabe trabajar bien. ¿Se sentirán los otros muy estimulados a ayudarle o le dejarán con esas cargas que parece querer llevar solo?

Y cuando alguien se dirige con malos modos a la persona que le atiende en un comercio y ve que le tratan peor que a otros clientes, ¿de qué se extraña? ¿Por qué quien siempre pone pegas a los regalos que le hacen, luego se lamenta de que nadie tiene detalles con él? Y el que va de gorrón y nunca contribuye ¿tiene derecho a protestar si dejan de invitarle? ¿Por qué frente a un establecimiento lleno de gente hay otro vacío y su propietario, en lugar de preguntarse cuál es la diferencia entre el suyo y el que tiene éxito, se dice que la vida es injusta y los seres humanos absurdos?

Fácilmente encontraría otros muchos ejemplos de comportamientos ilógicos y unos cuantos los podría contar en primera persona, porque de este tema todos sabemos bastante. Por esa razón te animo a que medites sobre el contenido de tus quejas y sufrimientos, no vaya a ser que la causa seas tú.

Dicen que existe una “ley de atracción” que responde a las vibraciones positivas o negativas que ofrecemos dándonos más de lo mismo. Si es así, para recibir la comprensión y el amor que anhelamos tendremos que abandonar las actitudes cautelosas, desabridas, suspicaces, egoístas, mezquinas… y reemplazarlas por otras más generosas, positivas, alegres, confiadas y agradecidas. ¿Probamos a ver si es cierto?

Ana Cristina López Viñuela

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